Miércoles, 09 Septiembre 2020 02:26

Tiene 22 años, es contratista rural y en su tiempo libre desarrolla herramientas para mejorar la calidad de vida de las personas

La familia Príncipe, con base en la localidad cordobesa de San Ambrosio, a 20 kilómetros de Río Cuarto, vive en el campo y está dedicado 100% a la prestación de servicios a terceros. La empresa es comandada por Hugo, la tercera generación de la familia, pero ya cuenta dentro de su equipo con dos de sus cuatro hijos, Lucas y Joel. En la actualidad, la empresa familiar cuenta con 4 cosechadoras y un equipo de siembra y trabajan por año entre 6.000 y 7.000 hectáreas en las provincias de Córdoba, San Luis y La Pampa.

Pero Joel, con apenas 22 años, le agregó un condimento extra a su habitual tarea de contratista. En sus ratos libres, como ocio, se dedica a desarrollar proyectos "útiles" para la sociedad: ya ha creado un piloto automático para la cosechadora, un cargador de celular adaptado a la bicicleta y un dispositivo para evitar que los vehículos sean conducidos por personas en estado de ebriedad. Y ahora, está en otro ambicioso plan que consiste en la colocación de sensores en los silobolsas tras la ola de ataques en el último año.

El joven finalizó los estudios secundarios en la Escuela agrotécnica salesiana Ambrosio Olmos.y comenzó a trabajar en la empresa familiar. Sus padres le propusieron seguir estudiando pero según afirmó Joel por aquel entonces, “no quería saber nada. Nunca fui bueno, siempre me llevé materias”.

Pero una vez que se asentó como contratista, trabajando con su padre, se dio cuenta que más allá de su pasión por los fierros, había otra actividad que lo entusiasmaba. Por lo que entre cada campaña de siembra y de cosecha comenzó una carrera universitaria a distancia sobre Desarrollo de Software. Lo que le dio la posibilidad de estudiar lo que lo motivaba desde chico y además, poder hacerlo desde su lugar de origen.

El primer desarrollo que realizó fue el del piloto automático para la cosechadora, previo a que comience la carrera universitaria. Según relató, la idea surgió a partir del cansancio que sufría Joel durante las horas de trabajo. “Son muchas horas en las que un operario está manejando. Un día seco y dependiendo la zona, se comienza a las 10 de la mañana y no se para hasta las 12 de la noche”, explicó.

Por eso, el objetivo de este innovador desarrollo es tratar de que el operador del equipo conduzca un poco más relajado, con las manos libres para prestar atención a otros circunstancias más allá de sostener el volante de la cosechadora. Por ejemplo, descargar la tolva en el acoplado autodescargable, revisar la limpieza del grano que llega a la tolva de la cosechadora, y hasta cebar mate, sin incurrir en errores de manejo.

Este piloto automático consiste en sensores que trabajan por impacto, ubicados en el cabezal maicero, que al tocar la planta cuando se desvía la máquina, envían una orden al volante de la cosechadora para que corrija su rumbo. De esa manera la cosechadora sigue el surco del maíz correctamente.

El desarrollo de esta herramienta es todo sin computadora ni señal de satélite, lo que permite que sea un sistema autónomo, que copia fielmente el sembrado.

"Lo instalé en el maicero, a manera de un comienzo debido a que este cultivo me ofrece más facilidades que otros para este desarrollo. Pienso en lograr algo similar para la soja y alcanzar prestaciones como las que ofrecen los pilotos automáticos que conocemos en otras operaciones además de la cosecha, como siembra y equipos de uso corriente", adelantó Joel.

También trabaja en un desarrollo que inhibe el motor de un vehículo en el caso que el conductor presente síntomas de ebriedad. El invento, según agregó, se podría perfeccionar con la inclusión de una pantalla LCD que aporte todo tipo de información sobre los índices detectados.

Se le ocurrió comenzar a explorar este ingenioso proyecto por la gran cantidad de accidentes automovilísticos producidos por personas en estado de ebriedad.

También desarrolló un cargador para celulares mientras una persona pedaleaba en bicicleta. La corriente de energía eléctrica se genera desde un dínamo y fluye adaptada para el funcionamiento del teléfono celular. Y sirve para cargar la batería.

"Sigo reinventándome y buscando la forma de ver cómo continuar mejorando la vida cotidiana de la gente a través de la tecnología", destacó Joel.

Pero el ingenio no para. Ahora, tras la gran cantidad de silobolsas rotos en el último, tiempo, que van más de 140 en todo el año, inició un nuevo camino y está en pleno armado. Se trata de un sensor que le avisa al productor a través del celular que el bolsón fue adulterado. Funciona con la señal del celular: solo funciona en zonas donde hay señal.

“Surgió la idea luego de que estuve en contacto con gente que tiene muchos bolsones y le han robado los granos”, apuntó. Según comentó, este sistema es diferente al que presentó el Gobierno de Córdoba recientemente porque trabaja con otro sistema.

“No los comercializo todavía porque me falta más desarrollo para poder terminarlos y que queden estéticamente mejor presentados”, dijo sobre sus proyectos.

De todas maneras, como la actividad de contratista le lleva mucho tiempo (casi seis meses está fuera de su casa), adelantó que cuando finalice la campaña de siembra actual, se buscará otro trabajo para poder finalizar sus estudios universitarios.

Una familia dedicado a la maquinaria agrícola

Los contratistas rurales son un eslabón clave en la producción agropecuaria. Según el último Censo Nacional Agropecuario, hay 31.312 prestadores de servicios de maquinaria agrícola y trabaja el 65% de la superficie cultivada en el país.

Pero más allá de la importancia en este sector, vienen sufriendo los embates de la economía de los últimos años. Los Príncipe, con base en San Ambrosio, a 20 kilómetros de Río Cuarto, Córdoba, van por la tercera y cuarta generación.

"Mi abuelo comenzó sin nada, con una cosechadora que era a caballo", describió Hugo Príncipe, papá de Joel. Luego, durante el Gobierno de Ricardo Alfonsín, su abuelo y su padre se fundieron por la crisis económica que hubo hacia fines de la década del 80.

En consecuencia, Hugo decide ir a trabajar de empleado en una fábrica por seis años. Luego, con el espina de no haber podido continuar con el legado familiar, pudo volver a la actividad en la década de los 90 tras comprarse una cosechadora financiada por una familia que le prestó el dinero.

Aquellos años fueron muy difíciles tanto para Hugo como para los que trabajan en esta profesión. Primero, por la situación económica pero también por las condiciones en las que desarrollaban sus tareas. Según comentó, dormían en casilla donde no había agua ni baños. "Hoy es diferente. En las casillas hay baño, cable, y otras comodidades", comparó Hugo.

Y más allá de que mejoraron las comodidades, les cuesta conseguir personas para trabajar.

"En temporada alta tenemos 8 empleados. Es difícil conseguir gente para que trabaje. Si bien la tecnología mejoró muchísimo, en algunas zonas del país se nos complica. Antes no teníamos teléfono celular. Y ahora, sin señal, nos desesperamos al estar incomunicado", reconoció Hugo.

Por eso, cuando desde algunos sectores llaman a los del campo "oligarcas", le da impotencia. "hay campos sin luz, sin comunicación, sin agua. No todo lo que se dice del campo es verdad", recriminó.

Otra de las cosas con las que reniega Hugo es no poder dedicarle más tiempo a la familia. "Nunca pude estar en los momentos claves d ela familia. Cumpleaños, cierre de cursas, navidades y las celebraciones de fin de año", se lamenta Hugo.

Clarín – Esteban Fuentes