Lunes, 22 Marzo 2021 02:27

Para sortear una normativa que restringe aplicaciones, la familia Sánchez se animó a producir soja orgánica de exportación

En el municipio de Urdinarrain, Entre Ríos, existe una ordenanza que restringe el uso de fitosanitarios para cultivos agrícolas. Se trata de la ordenanza 1113/2016, que prohíbe su aplicación a 600 metros de cualquier ejido urbano. Muchos productores desistieron de hacer cualquier actividad agrícola en la zona periurbana. Pero ese no fue el caso de Daniel Sánchez, que leyó entre líneas y pensó: “no usar agroquímicos no significa no poder hacer agricultura”. Daniel, agrónomo, asesor técnico y ex comercial de una compañía de agroinsumos, lejos de abandonar el desafío, decidió darse la oportunidad de encarar una producción viable que no requiriese el uso de productos de síntesis química.

“En los últimos veinte años los productores han tenido que cambiar su filosofía de producción y adaptar sus herramientas. Yo soy un formado en una facultad donde gran parte de mis materias era el control de enfermedades y malezas. Fue un desafío cuestionar todo eso, me resultó difícil”, dijo Sánchez a Bichos de Campo.

Por suerte, su sobrino, Rodrigo Sánchez, decidió acompañarlo en la producción de soja orgánica. La firma santafecina Campus Organics SRL (empresa ya se encontraba realizando experiencias similares en la localidad de Murphy) les bridó ayuda en el proceso de reconversión productiva que, como era de esperarse, los enfrentó con más de un obstáculo.

El primer desafío fue encontrar una semilla que no estuviera genéticamente modificada, porque entonces el cultivo no aplica para ser considerado orgánico, y que se adaptara a las condiciones de esa zona en particular. Pero no tuvieron suerte.

En la zona los grupos de madurez adecuados para soja son V y VI. Si bien un semillero local les ofreció esas variedades, les pedía a cambio toda la producción que obtuvieran. Frente a esa situación, los Sánchez optaron por las semillas “libres” no modificadas que encontraron, las cuales son de grupo IV.

El segundo problema: cerrar un contrato de alquiler sin tener un estimado factible de rendimiento no es fácil y menos hacerlo en una zona con tantas restricciones. Finalmente, el campo apareció, pero en la localidad de Gilbert, a 20 kilómetros de Urdinarrain. El asunto igual trajo suerte, porque el lote que consiguieron llevaba cuatro años sin participar de ninguna actividad agrícola.

“Cuando uno abandona un lote, como paso con éste, hay un proceso de evolución hacia el ecosistema original de la zona. Nuestra ecoregión es el Espinal. Unas fotos del lote más una declaración jurada nos sirvió para que una certificadora nos diga que la zona iba camino a lo orgánico. De no ser así, para salir de una agricultura de químicos y hacer una actividad orgánica tendríamos que haber pasado por un período de transición”, explicó Sánchez a este medio.

Es importante aclarar que no es una exigencia de lo orgánico que el suelo pase por este período de “limpieza”. Pero si se busca obtener una certificación que abra las puertas para exportar, como en este caso, hay que tener en cuenta eso.

“El camino del abandono de esos lotes va hacia malezas anuales y luego a malezas perennes de mucha durabilidad. Hubo que sacar algunos árboles y se hicieron trabajos de movimiento del suelo con herramientas. Reseteamos todo para poder trabajar en un plan de largo plazo”, indicó el agrónomo.

¿Y cómo se protegió a la producción de plagas y malezas? Aquí es donde entraron los bioinsumos: preparados a base de microorganismos que oficiaron de controladores naturales. Para el ataque de orugas y chinches, usaron un producto biológico a base del Bacillus thuringiensis, una bacteria, muy común en el suelo, que funciona como plaguicida. Lo único que no pudieron evadir fue a la sequía, que afectó a toda la zona y produjo chauchas y granos un poco más pequeños de lo esperado.

Los Sánchez lograron lo que muchos tildaron de imposible: una producción orgánica en 38 hectáreas, que produjo un rendimiento de entre 1200 y 1400 kg/ha, y que pronto saldrá rumbo a Estados Unidos.

“Con esta experiencia sabemos qué ajustar y qué cambiar. Los cultivos orgánicos son competitivos en la medida en que los precios sigan comercializándose en el doble (que la soja convencional), y son una alternativa enorme para las situaciones en las que las normativas de los pueblos limiten algunas producciones. No hay que abandonar el campo. Hay que sacarle un poco de jugo al cerebro y hacer otra cosa”, señaló el ingeniero.

Concluyó al decir que “la visión sesgada hacia el número, en la que para obtener 3000 kilos hay que hacer cinco aplicaciones de compuestos diferentes, no te da tiempo a decir si una soja como ésta puede o no andar”.

Bichos de Campo – Sofía Selasco